viernes, 17 de agosto de 2007
Volvió un grande
"(...) Más tarde o más temprano escampa; uno exhala largamente, se autocompadece en una sonrisa y vuelve a aceptarse mientras salta al vacío. Que se hagan trizas ciertas certezas, total sus pedacitos pueden dar forma a múltiples y coloridas imágenes e ideas en los caleidoscópicos días de quienes no se traicionan".
Francisco González Brizuela
Este ser humano es amigo mio.
Y eso es un verdadero honor.
Francisco González Brizuela
Este ser humano es amigo mio.
Y eso es un verdadero honor.
miércoles, 8 de agosto de 2007
Pocavida
Ya cerca, el farol derramaba con tristeza el ultimo puñadito de luz. Algunos metros antes -le pareció- ese mismo foco iluminaba la calle entera. Los amigos detuvieron su marcha y el hombre se dio vuelta para contemplar como el alumbrado publico extinguía las luces que iban dejando atrás. El camino recorrido había sido abandonado a las sombras, como una inexplicable pero evidente advertencia: ya no hay retorno. Se miraron.
-Falta poco, dijo el hombre.
Se sabía derrotado. Sólo eso sabía. Lo de más lo había ido olvidando a fuerza de vino, palizas y fríos intolerables. Pero la derrota, la puta derrota, no quería ser relegada. Se presentaba irrefutable cada vez que la resaca le permitía pensar. Insistía en reflejarse en los ojos glaciales de los peatones y en los gestos de asco de las señoras bien. Y se había cansado de la derrota.
-Quiero que me acompañés una vez más compañero. Falta poco.
El edificio se alzaba monumental entre las otras construcciones. El hombre había visto muchas veces al portero dejando la puerta entreabierta cuando salía a la vereda a fumar. Fue cuestión de pasar desapercibido, y eso no es un inconveniente para un ciruja y su perro en esta ciudad. Los amigos subieron al primer piso por las escaleras y desde allí tomaron el ascensor. Piso 13 – 14 – 15 – terraza.
-Acá estamos Pocavida. Mirá que linda noche. Se ven los autos chiquititos desde acá. Y el aire, sentí, no huele a mierda. No me mirés así chucho, vos vas a poder bajar de nuevo. A mi la vida me subió acá… ¿qué querés?, ya sé, vos pudiste. Cuando esa vieja te dejó en la calle porque el veterinario le dijo que te morías, vos no te moriste. Seguís acá macho, mejor que nunca. Gracias compañero, si, yo también.
Dale, ahora bajá Pocavida, enserio, yo me quedo.

El viento nos saluda Pocavida
despeinándonos los cueros
La noche cae lenta, sin salida
¿yo bajar? No puedo
Se va acabando el tiempo Pocavida
Los autos a lo lejos
Me miras, me revives compañero
y aún me siento viejo.
La noche irremediable.
-Falta poco, dijo el hombre.
Se sabía derrotado. Sólo eso sabía. Lo de más lo había ido olvidando a fuerza de vino, palizas y fríos intolerables. Pero la derrota, la puta derrota, no quería ser relegada. Se presentaba irrefutable cada vez que la resaca le permitía pensar. Insistía en reflejarse en los ojos glaciales de los peatones y en los gestos de asco de las señoras bien. Y se había cansado de la derrota.
-Quiero que me acompañés una vez más compañero. Falta poco.
El edificio se alzaba monumental entre las otras construcciones. El hombre había visto muchas veces al portero dejando la puerta entreabierta cuando salía a la vereda a fumar. Fue cuestión de pasar desapercibido, y eso no es un inconveniente para un ciruja y su perro en esta ciudad. Los amigos subieron al primer piso por las escaleras y desde allí tomaron el ascensor. Piso 13 – 14 – 15 – terraza.
-Acá estamos Pocavida. Mirá que linda noche. Se ven los autos chiquititos desde acá. Y el aire, sentí, no huele a mierda. No me mirés así chucho, vos vas a poder bajar de nuevo. A mi la vida me subió acá… ¿qué querés?, ya sé, vos pudiste. Cuando esa vieja te dejó en la calle porque el veterinario le dijo que te morías, vos no te moriste. Seguís acá macho, mejor que nunca. Gracias compañero, si, yo también.
Dale, ahora bajá Pocavida, enserio, yo me quedo.

El viento nos saluda Pocavida
despeinándonos los cueros
La noche cae lenta, sin salida
¿yo bajar? No puedo
Se va acabando el tiempo Pocavida
Los autos a lo lejos
Me miras, me revives compañero
y aún me siento viejo.
La noche irremediable.
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