Mejor dicho, se está casando en este preciso momento.
No muy lejos del lugar en donde yo escribo estas palabras, ella, que nunca fue del todo mía, se entrega para siempre a un hombre que a todas luces es mejor que yo.
La vida enseña.
Tengo veintitrés años y esta es, intuyo, mi primera gran derrota.
Y no lo es porque aún pretenda a esa mujer, sino más bien por lo que esta unión simboliza: la muerte triste y definitiva del pibe ingenuo que fui alguna vez.
Para que me entiendan: esta noche, las primeras promesas de amor eterno que escuché y pronuncié se van oficialmente al carajo. Por civil y por iglesia.
Hace varios años, la niña –que a estas horas ya debe ser mujer- en cuestión solía reír entre mis brazos, advirtiéndome que envejeceríamos juntos. Yo reía también, convencido que nuestros caminos estaban unidos para siempre, como lo había decretado una aguja herrumbrada en una remota siesta de verano.
No teníamos más de dieciséis años y no había forma, no me daba bola. Yo era muy impulsivo y ella, desconcertante. El primer día de clases la vi en el recreo y me enamoré como el más pelotudo. Comencé a hacer cosas estúpidas por conocerla y muchas más para tratar de que se fije en mí. A la salida del colegio me ofrecía para acompañarla a su casa: caminábamos durante una hora, la despedía en la puerta haciéndome el galán y me volvía corriendo –tres kilómetros- para no llegar tarde a la hora de educación física, clase a la que siempre llegaba tarde, exhausto y sin haber almorzado. Ella sabía muy bien que su sola presencia me dejaba sin aliento, porque yo me había encargado, a fuerza de pedorra poesía que escondía en su cartuchera, de hacérselo saber. Pero a pesar de todo no me daba bola.boomp3.com
Un día estábamos en un patio, festejando el cumpleaños de un amigo en común, comiendo choripán y tratando de escaparle al sol ardiente de la siesta, cuando le propusieron un juego nada convencional. “¿Querés saber cuántos hijos vas a tener?”. “Bueno”, respondió. Siguiendo las instrucciones, extendió una mano con la palma hacia arriba sobre la cual acercaron una aguja que colgaba de un hilo de coser. La aguja no tocó su mano, permaneció suspendida en el aire a escasos centímetros de su piel. Si el improvisado péndulo se movía sobre su palma formando un circulo, le dijeron, su primer bebé sería una nena; si, en cambio, oscilaba en línea recta, sería varón, y con el sucesivo cambio de rumbo de la aguja iría descubriendo el sexo y el orden de nacimiento de sus futura descendencia, hasta que el rústico mecanismo se detuviera por completo. La novedad fue presentada como un procedimiento metafísico infalible. “Una pelotudez extraordinaria”, pensé yo. Pero la entonces muchacha de mis sueños reía divertida.
Su risa llamó la atención de todos los pajaritos de la cuadra que, acomodándose en las ramitas más cercanas, se unieron a los demás espectadores. La aguja, de bien inactiva que estaba y sin que nadie note un movimiento inducido por la persona que sostenía el hilo por el otro extremo, comenzó girar a centímetros de la cara interna de su mano, lo que significaba que la primogénita sería nena. “El viento hizo que se mueva”, deduje yo. Después de dar un par de vueltas, la aguja comenzó a oscilar de norte a sur. Le seguiría un varón. De repente, el péndulo volvió a bailar en círculos, otra nena. Se balanceó una vez más, ¡un nuevo varón! y se detuvo en seco. Alguien hizo un comentario sobre la voracidad sexual de los conejos y ella se puso colorada. El viento de la siesta jugaba a las escondidas con su pelo rubio y el sol me incineraba el alma.
Después de que un par de voluntarios averiguaran como seguiría creciendo su árbol genealógico, fui invitado a experimentar el futuro; convide al que, luego de hacerme rogar durante un cuarto de minuto, accedí aparentando fastidio. El inoportuno y desmesurado tamborileo de mi corazón se encargó de avisarle a todos los presentes que algo estaba por ocurrir: un diminuto trozo de acero decidiría si esa chica iba a ser mía ese verano, o no lo sería jamás.
Mi mano izquierda pedía limosna a una aguja que, implacable, apuntaba directo a esa arruga a la que llaman “línea de la vida”, amenazando con cortarla al medio. Teniendo en cuenta lo que estaba en juego, el palito de metal parecía una réplica en miniatura de Excalibur, pendiendo de un hilo de coser.
Sin mover la mano, cerré los ojos unos segundos y levanté las cejas para aparentar hastío. Intenté que aquella suplica a Dios fuera lo suficientemente clara para El Barba y, al mismo tiempo, que pasara inadvertida ante el puñado de curiosos que se estaba divirtiendo a costa mía. El viento, que hasta entonces había sido el invitado más activo de ese cumpleaños, se calmó de golpe, revelando la verdadera intensidad del sol.
La espada comenzó a moverse: primero sin rumbo fijo, borrachita, pero de a poco fue dibujando una circunferencia pequeña, que amplió su radio y su velocidad. Suspiré. Cagándose en todas las leyes de la física, el rayo de metal cambió súbitamente su rumbo para trazar una línea recta, cuyo vaivén finalizaba marcando una suave curva. “Ese sale puto”, gritó un amigo. Pero no me importaba si salía travesti, mientras sea hijo también de ella.
Repasé... ya van dos coincidencias.
Levanté la vista para buscarla. Estaba de pie, inmóvil frente a mí, con sus ojos pardos persiguiendo sin tregua el recorrido de la aguja. La imperceptible curva que condenaba a mi hijo a desayunar parado se fue acentuando hasta delinear un perfecto anillo. Van tres. La adolescente rubia se mordió el labio inferior y sus ojos resplandecieron. Nuestras miradas se buscaron para decirse todo en silencio y el patio, lo juro, se prendió fuego.
Mis amigos –y todo ser humano que me conocía– estaban al tanto de mi lucha épica por conquistar a esa hembra intocable. Las hazañas recorrían los pasillos del colegio, magnificándose, y las incontables cortadas de rostro con las que culminaban eran el deleite de las gordas chusmas y resentidas. El apoyo no se hizo esperar: algunas manos se posaron en mis hombros, dándome fuerzas, pero no se escuchó otro sonido que la respiración entrecortada de alguien que, supe después, era yo.
Las yemas de mis dedos apuntaban al sol; pero, ajenos al calor, mis dedos temblaban. Parecían sostener el mismo cráneo que miró a Hamlet desde sus cuencas vacías, aunque el tiempo verbal del interrogante había cambiado: “¿Será o no será?”. Nadie se movía, todas las miradas estaban clavadas en la aguja. El silencio era solemne, incluso los pajaritos habían dejado de revolotear y desde sus nidos observaban la dramática escena.
“Sólo falta uno, Dios, sólo uno. No importa cómo les voy a dar de comer, voy a buscar diez laburos” (ya no ocultaba nada, creo que a eso lo dije en voz alta). El anillo dibujado por la aguja lentamente fue cerrándose sobre sí mismo como un espiral, ante la mirada atónita de todos, hasta que el péndulo quedó casi congelado en el aire.
Me dio un escalofrío.
Esa chica me quería, no cabían dudas. Pero era exigente y mis persistentes muestras de devoción no lograban impresionarla. Antes de aceptarme, demandaba una evidencia inequívoca que demostrase que yo era el indicado. Necesitaba una revelación, el último impulso de una aguja moribunda, la partida de nacimiento de nuestro cuarto hijo varón.
Pero la aguja no se movía y yo supe que todo estaba perdido. Ese artilugio se había convertido en mi último recurso, y estaba fallando también. Si yo iba a tener tres hijos y ella cuatro, pues no los tendríamos juntos. Volví a mirarla desconsolado.
Ahora era ella la que temblaba, se tapaba la boca con dos dedos nerviosos mientras una suave ráfaga de viento resucitado bailaba con un mechón de su cabello. Sus ojos no me correspondían, estaban fijos en mi mano. Cuando bajé la mirada, pude apreciar las últimas pinceladas lineales que el recorrido de la aguja trazaba en el aire antes de entrar en un coma irreversible.
Creo que los espectadores aplaudieron y silbaron, pero nosotros no los oímos. Estaba todo dicho: los dioses habían hablado. Mi alegría era inmensa.
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Nunca voy a olvidar su sonrisa presumida ni sus ojos pardos, exquisitos, diciéndome que sí.
Un péndulo acosado por violentas tempestades es tan inestable como la vida. Puede oscilar desorientado, pero estará siempre sujeto desde un punto, atado a una certeza inconmovible. A no ser que el lazo que nos une a la certeza se desgarre de un tirón o se deshile con los años.
Con estas líneas sólo pretendo rendirle un homenaje a esos niños inocentes y enamorados que fuimos alguna vez.
Siempre soñaste con casarte, y alcanzaste tu objetivo con una voluntad admirable. Sin duda sos una mujer excepcional, te mereces lo mejor y ese hombre te merece del mismo modo.
Te deseo toda la suerte del mundo, amiga, y anhelo de corazón que seas inmensamente feliz.
Y ahora me despido, el viento me jugó una mala pasada.
No, no se preocupen.
Sólo eso.