miércoles, 20 de junio de 2007

La negra que espera



Despierta bruscamente, asediada por el zumbido de un mosquito africano. Todavía es de noche. Está tendida boca arriba y a su lado, las sábanas heridas por el delirio están frías. Los recuerdos, como un cardumen, se arremolinan en su mente. Todo sucedió en un frenesí desesperado, casi animal, como si el mundo fuera a acabarse al salir el sol. Sonríe, pero algo interrumpe su pensamiento. Una advertencia crece en su interior como el redoble de un tambor lejano, proveniente de su infancia, que va aumentando hasta hacerse insoportable. Si su madre supiera lo que hizo, estallaría en cólera y (presa de una envidia inconfesable) la expulsaría de su hogar. Sería condenada por su familia a vagar sola, como una leona sin manada.
Ahoga una carcajada con la almohada y patalea. Se ríe de su madre, de su abuela y de esa tradición que convierte a las mujeres en entes sumisos y taciturnos. No le importa el castigo, ya nada puede dañarla: ni el hambre, ni el látigo, ni la arena hirviendo bajo los pies.
Se siente hermosa. Es hermosísima. Su piel aún huele a él; lo evoca, lo reclama. Cubre su cuerpo con la sabana rota y camina hacia la ventana, disfrutando cada movimiento, igual que una novia que se acerca al altar.
El amanecer avanza desde el mar hacia la tierra, bosquejando, devolviéndole el color a las cosas. Lentamente, el mundo aparece frente a sus ojos: todo está en el mismo lugar, pero todo es diferente hoy. Reconoce el pequeño puerto arrullado por la espuma de las olas. Ayer era sólo un puente de madera que unía la tierra con el mar. A partir de hoy, será la espera, la incontenible emoción, el encuentro.
Deja caer la sábana y recibe desnuda al nuevo día. Un puñado de gaviotas desgarra el cielo y la muchacha vuela con ellas durante algunos segundos. La brisa marina acaricia sus pechos suaves como dunas de arena blanca.
En el horizonte, el sol asoma su panza dorada y el mar estalla en mil azules distintos. Con una mano protege sus ojos del resplandor. Y entonces ve:
Una barca a la distancia. Dos diminutos remos.
Un pescador de salmones con un botín suculento,
que con sus brazos bruñidos saluda y apura el remo.
¡Viene cargada la barca de pasión y de sustento!
porque este hombre ha querido… y quiere seguir queriendo
a su negrita que espera,
mientras está amaneciendo.

viernes, 15 de junio de 2007

La guadaña (inexorable)

La guadaña inexorable
-como siempre, antes del alba-
de sus sueños despoblados
de sonrisas lo rescata;
devolviéndolo a la amarga
circunstancia de su cama
que hace meses duerme sola,
sepultándolo en escarcha.

El poeta envenenado

de infortunio se levanta
porque sabe que la muerte,
si hace frío no descansa.
Una mano temblorosa
coge pluma, espera y… calla!
Aguardando el torbellino
que vomita las palabras.

La blancura desquiciante
de la hoja lo acobarda,
-lo seduce, lo provoca-
anudando su garganta.
Doblegándose entre letras
el letrado se desangra.
De su herida brota tinta:
¡espumosa telaraña!

Vomitados colibríes
como pueden echan alas,
entre grises, miserables,
soliloquios de fantasmas.
Y los versos pintan mundos,
cielos paren, tangos bailan.

Besos tibios, cuerpos tibios,
¡imposibles madrugadas!

Dulces ojos milagrosos
-como soles- lo anonadan,
evocando aquella tarde
cuando mares destilaban.
El papel se vuelve hastío
y la pluma, negra lanza.
Las cenizas de sus sueños
¡pesan tanto a sus espaldas!

Y el poeta, enfurecido,
llora, grita, sufre, ¡mata!
lamentable escoria humana
destruyendo sus palabras.
Finalmente queda solo,
y de un golpe, la guadaña
corta miedo, frío, viento,
vida triste y telarañas.