domingo, 16 de marzo de 2008

El amor pendía de un hilo (Y había mucho viento)

"Ya no la quiero, es cierto, pero cuanto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído".
Pablo Neruda




Ella se casa esta noche.
Mejor dicho, se está casando en este preciso momento.
No muy lejos del lugar en donde yo escribo estas palabras, ella, que nunca fue del todo mía, se entrega para siempre a un hombre que a todas luces es mejor que yo.
La vida enseña.

Tengo veintitrés años y esta es, intuyo, mi primera gran derrota.
Y no lo es porque aún pretenda a esa mujer, sino más bien por lo que esta unión simboliza: la muerte triste y definitiva del pibe ingenuo que fui alguna vez.
Para que me entiendan: esta noche, las primeras promesas de amor eterno que escuché y pronuncié se van oficialmente al carajo. Por civil y por iglesia.

Hace varios años, la niña –que a estas horas ya debe ser mujer- en cuestión solía reír entre mis brazos, advirtiéndome que envejeceríamos juntos. Yo reía también, convencido que nuestros caminos estaban unidos para siempre, como lo había decretado una aguja herrumbrada en una remota siesta de verano.

La odisea.
No teníamos más de dieciséis años y no había forma, no me daba bola. Yo era muy impulsivo y ella, desconcertante. El primer día de clases la vi en el recreo y me enamoré como el más pelotudo. Comencé a hacer cosas estúpidas por conocerla y muchas más para tratar de que se fije en mí. A la salida del colegio me ofrecía para acompañarla a su casa: caminábamos durante una hora, la despedía en la puerta haciéndome el galán y me volvía corriendo –tres kilómetros- para no llegar tarde a la hora de educación física, clase a la que siempre llegaba tarde, exhausto y sin haber almorzado. Ella sabía muy bien que su sola presencia me dejaba sin aliento, porque yo me había encargado, a fuerza de pedorra poesía que escondía en su cartuchera, de hacérselo saber. Pero a pesar de todo no me daba bola.
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Un día estábamos en un patio, festejando el cumpleaños de un amigo en común, comiendo choripán y tratando de escaparle al sol ardiente de la siesta, cuando le propusieron un juego nada convencional. “¿Querés saber cuántos hijos vas a tener?”. “Bueno”, respondió. Siguiendo las instrucciones, extendió una mano con la palma hacia arriba sobre la cual acercaron una aguja que colgaba de un hilo de coser. La aguja no tocó su mano, permaneció suspendida en el aire a escasos centímetros de su piel. Si el improvisado péndulo se movía sobre su palma formando un circulo, le dijeron, su primer bebé sería una nena; si, en cambio, oscilaba en línea recta, sería varón, y con el sucesivo cambio de rumbo de la aguja iría descubriendo el sexo y el orden de nacimiento de sus futura descendencia, hasta que el rústico mecanismo se detuviera por completo. La novedad fue presentada como un procedimiento metafísico infalible. “Una pelotudez extraordinaria”, pensé yo. Pero la entonces muchacha de mis sueños reía divertida.

Su risa llamó la atención de todos los pajaritos de la cuadra que, acomodándose en las ramitas más cercanas, se unieron a los demás espectadores. La aguja, de bien inactiva que estaba y sin que nadie note un movimiento inducido por la persona que sostenía el hilo por el otro extremo, comenzó girar a centímetros de la cara interna de su mano, lo que significaba que la primogénita sería nena. “El viento hizo que se mueva”, deduje yo. Después de dar un par de vueltas, la aguja comenzó a oscilar de norte a sur. Le seguiría un varón. De repente, el péndulo volvió a bailar en círculos, otra nena. Se balanceó una vez más, ¡un nuevo varón! y se detuvo en seco. Alguien hizo un comentario sobre la voracidad sexual de los conejos y ella se puso colorada. El viento de la siesta jugaba a las escondidas con su pelo rubio y el sol me incineraba el alma.

Después de que un par de voluntarios averiguaran como seguiría creciendo su árbol genealógico, fui invitado a experimentar el futuro; convide al que, luego de hacerme rogar durante un cuarto de minuto, accedí aparentando fastidio. El inoportuno y desmesurado tamborileo de mi corazón se encargó de avisarle a todos los presentes que algo estaba por ocurrir: un diminuto trozo de acero decidiría si esa chica iba a ser mía ese verano, o no lo sería jamás.
La encrucijada.
Mi mano izquierda pedía limosna a una aguja que, implacable, apuntaba directo a esa arruga a la que llaman “línea de la vida”, amenazando con cortarla al medio. Teniendo en cuenta lo que estaba en juego, el palito de metal parecía una réplica en miniatura de Excalibur, pendiendo de un hilo de coser.

Sin mover la mano, cerré los ojos unos segundos y levanté las cejas para aparentar hastío. Intenté que aquella suplica a Dios fuera lo suficientemente clara para El Barba y, al mismo tiempo, que pasara inadvertida ante el puñado de curiosos que se estaba divirtiendo a costa mía. El viento, que hasta entonces había sido el invitado más activo de ese cumpleaños, se calmó de golpe, revelando la verdadera intensidad del sol.

La espada comenzó a moverse: primero sin rumbo fijo, borrachita, pero de a poco fue dibujando una circunferencia pequeña, que amplió su radio y su velocidad. Suspiré. Cagándose en todas las leyes de la física, el rayo de metal cambió súbitamente su rumbo para trazar una línea recta, cuyo vaivén finalizaba marcando una suave curva. “Ese sale puto”, gritó un amigo. Pero no me importaba si salía travesti, mientras sea hijo también de ella.

Repasé... ya van dos coincidencias.

Levanté la vista para buscarla. Estaba de pie, inmóvil frente a mí, con sus ojos pardos persiguiendo sin tregua el recorrido de la aguja. La imperceptible curva que condenaba a mi hijo a desayunar parado se fue acentuando hasta delinear un perfecto anillo. Van tres. La adolescente rubia se mordió el labio inferior y sus ojos resplandecieron. Nuestras miradas se buscaron para decirse todo en silencio y el patio, lo juro, se prendió fuego.

Mis amigos –y todo ser humano que me conocía– estaban al tanto de mi lucha épica por conquistar a esa hembra intocable. Las hazañas recorrían los pasillos del colegio, magnificándose, y las incontables cortadas de rostro con las que culminaban eran el deleite de las gordas chusmas y resentidas. El apoyo no se hizo esperar: algunas manos se posaron en mis hombros, dándome fuerzas, pero no se escuchó otro sonido que la respiración entrecortada de alguien que, supe después, era yo.

Las yemas de mis dedos apuntaban al sol; pero, ajenos al calor, mis dedos temblaban. Parecían sostener el mismo cráneo que miró a Hamlet desde sus cuencas vacías, aunque el tiempo verbal del interrogante había cambiado: “¿Será o no será?”. Nadie se movía, todas las miradas estaban clavadas en la aguja. El silencio era solemne, incluso los pajaritos habían dejado de revolotear y desde sus nidos observaban la dramática escena.

“Sólo falta uno, Dios, sólo uno. No importa cómo les voy a dar de comer, voy a buscar diez laburos” (ya no ocultaba nada, creo que a eso lo dije en voz alta). El anillo dibujado por la aguja lentamente fue cerrándose sobre sí mismo como un espiral, ante la mirada atónita de todos, hasta que el péndulo quedó casi congelado en el aire.
Me dio un escalofrío.

Esa chica me quería, no cabían dudas. Pero era exigente y mis persistentes muestras de devoción no lograban impresionarla. Antes de aceptarme, demandaba una evidencia inequívoca que demostrase que yo era el indicado. Necesitaba una revelación, el último impulso de una aguja moribunda, la partida de nacimiento de nuestro cuarto hijo varón.

Pero la aguja no se movía y yo supe que todo estaba perdido. Ese artilugio se había convertido en mi último recurso, y estaba fallando también. Si yo iba a tener tres hijos y ella cuatro, pues no los tendríamos juntos. Volví a mirarla desconsolado.

Ahora era ella la que temblaba, se tapaba la boca con dos dedos nerviosos mientras una suave ráfaga de viento resucitado bailaba con un mechón de su cabello. Sus ojos no me correspondían, estaban fijos en mi mano. Cuando bajé la mirada, pude apreciar las últimas pinceladas lineales que el recorrido de la aguja trazaba en el aire antes de entrar en un coma irreversible.

Creo que los espectadores aplaudieron y silbaron, pero nosotros no los oímos. Estaba todo dicho: los dioses habían hablado. Mi alegría era inmensa.
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Nunca voy a olvidar su sonrisa presumida ni sus ojos pardos, exquisitos, diciéndome que sí.










Un péndulo acosado por violentas tempestades es tan inestable como la vida. Puede oscilar desorientado, pero estará siempre sujeto desde un punto, atado a una certeza inconmovible. A no ser que el lazo que nos une a la certeza se desgarre de un tirón o se deshile con los años.

Con estas líneas sólo pretendo rendirle un homenaje a esos niños inocentes y enamorados que fuimos alguna vez.

Siempre soñaste con casarte, y alcanzaste tu objetivo con una voluntad admirable. Sin duda sos una mujer excepcional, te mereces lo mejor y ese hombre te merece del mismo modo.
Te deseo toda la suerte del mundo, amiga, y anhelo de corazón que seas inmensamente feliz.

Y ahora me despido, el viento me jugó una mala pasada.

No, no se preocupen.
Es sólo una basurita en el ojo.

Sólo eso.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Crazy

No quería despertar. Le aterraba lo que el sol iba a mostrarle. Odiaba tener que darle la razón a los mismos sentidos traicioneros que por la noche lo habían engañado.

Siempre que abría los ojos la veía. Pero el tiempo no alcanzaba más que para unas sonrisas. Después, el vacio.

Le temía a la locura que sentiría al comprobar que, sin embargo, ella no era mucho más que algunas arrugas en su cama.







miércoles, 19 de septiembre de 2007

Las horas de mis días desaparecen
y no sé a donde se van...

ni con quien.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Perdón, Natita. Perdón.



Man Calavera no se inspira para escribir. Man Calavera está dejado.
Ahora, su teclado hace todo el trabajo solo. Y lo hace en otro blog.

Noble Calavera promete a su única lectora (Natita) postear próximamente la misteriosa historia de un periodista que entrevista a La Muerte. Próximamente...


Cuando se me desinflame el cerebro.

viernes, 17 de agosto de 2007

Volvió un grande

"(...) Más tarde o más temprano escampa; uno exhala largamente, se autocompadece en una sonrisa y vuelve a aceptarse mientras salta al vacío. Que se hagan trizas ciertas certezas, total sus pedacitos pueden dar forma a múltiples y coloridas imágenes e ideas en los caleidoscópicos días de quienes no se traicionan".
Francisco González Brizuela

Este ser humano es amigo mio.
Y eso es un verdadero honor.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Pocavida

Ya cerca, el farol derramaba con tristeza el ultimo puñadito de luz. Algunos metros antes -le pareció- ese mismo foco iluminaba la calle entera. Los amigos detuvieron su marcha y el hombre se dio vuelta para contemplar como el alumbrado publico extinguía las luces que iban dejando atrás. El camino recorrido había sido abandonado a las sombras, como una inexplicable pero evidente advertencia: ya no hay retorno. Se miraron.
-Falta poco, dijo el hombre.
Se sabía derrotado. Sólo eso sabía. Lo de más lo había ido olvidando a fuerza de vino, palizas y fríos intolerables. Pero la derrota, la puta derrota, no quería ser relegada. Se presentaba irrefutable cada vez que la resaca le permitía pensar. Insistía en reflejarse en los ojos glaciales de los peatones y en los gestos de asco de las señoras bien. Y se había cansado de la derrota.
-Quiero que me acompañés una vez más compañero. Falta poco.
El edificio se alzaba monumental entre las otras construcciones. El hombre había visto muchas veces al portero dejando la puerta entreabierta cuando salía a la vereda a fumar. Fue cuestión de pasar desapercibido, y eso no es un inconveniente para un ciruja y su perro en esta ciudad. Los amigos subieron al primer piso por las escaleras y desde allí tomaron el ascensor. Piso 13 – 14 – 15 – terraza.
-Acá estamos Pocavida. Mirá que linda noche. Se ven los autos chiquititos desde acá. Y el aire, sentí, no huele a mierda. No me mirés así chucho, vos vas a poder bajar de nuevo. A mi la vida me subió acá… ¿qué querés?, ya sé, vos pudiste. Cuando esa vieja te dejó en la calle porque el veterinario le dijo que te morías, vos no te moriste. Seguís acá macho, mejor que nunca. Gracias compañero, si, yo también.
Dale, ahora bajá Pocavida, enserio, yo me quedo.



El viento nos saluda Pocavida
despeinándonos los cueros
La noche cae lenta, sin salida
¿yo bajar? No puedo

Se va acabando el tiempo Pocavida
Los autos a lo lejos
Me miras, me revives compañero
y aún me siento viejo.

La noche irremediable.

domingo, 29 de julio de 2007

Esquirlas de un homicidio remoto

Hoy volví a pensar en tu muerte, después de tantas tardes, cuando creí por fin haberlo olvidado. Me estaba habituado a tu imagen de sombra legendaria, a tu rol de estampita inerte. Comenzaba a pensar que sólo fuiste un loco lindo sabés. Entonces recordé.
Aún no puedo comprender mi relación con aquel tormento remoto. Es absurdo que yo halla sido ese hombre. Quiero pensar que es sólo una alucinación, un ridículo sueño. Pero lo que él vio, lo que hizo, invariablemente lo revivo. Y entonces tengo la certeza de que no estoy soñando, sino más bien participando de un momento atroz.
Supongo que el recuerdo inmemorial del crimen se aferró para siempre a su ADN impío. En él fluyó perpetuándose en la historia hasta llegar a mi. Sus actos pesan en mi conciencia como la puerta rocosa de tu sepulcro.
En esas esporádicas pesadillas él soy yo, y mis manos sanguinarias hacen lo que él hizo. No se si eso es real o simplemente estoy loco. Por momentos consigo acallar los gritos y limpiar tu sangre de mi rostro, pero duermo intranquilo porque sé que las furiosas visiones regresarán como siempre, para desgarrarme alguna madrugada.
Las ráfagas de aire caliente anuncian una tormenta. El tronco tachado que se alza colosal exponiendo tu miseria es lo primero que reconozco. Me duele la mano derecha, me laceró la maza con la que te clavé al madero. El llanto insoportable de las mujeres me repugna. Vas a morir, y puedo oler tu miedo. Los azotes marcaron en tu cuerpo una llaga infinita. Te cuesta respirar, tus pulmones no pueden más. Dos despreciables ladrones te flanquean y con tus últimas fuerzas les prometes alguna fantasía de moribundo. Me río de vos, te escupo. Tus ojos me buscan y no hay odio en tu mirada, solo cansancio.



No puedo entender de donde sacas esa voz, si ya no tenés aire, pero todos te escuchan. Le pedís a tu Dios que me perdone. No que te salve, no que te evite sufrimiento, que me perdone porque no sé lo que estoy haciendo. Entonces quiero despertar, pero me agacho a buscar la lanza. Por favor, quiero despertarme, pero la empuño y te miro con desprecio. El cielo se oscurece. Dios mío, no quiero hacerlo, intento gritar tu nombre y suelto un rugido cargado de ira. Soy yo Jesús, no soy un asesino, y sin embargo te atravieso con ferocidad. Cierro los ojos y siento tu sangre caliente en mi cara.
Despierto horrorizado. Lo hice de nuevo.
Lo mismo que hago, quizá, cada vez que te olvido.


miércoles, 11 de julio de 2007

Ella bailaba


Ella bailaba como si el mundo fuera a desaparecer,
y el mundo desaparecía cuando ella bailaba.
Su cadera hipnotizaba a los desprevenidos
como la luna roja a los poetas.
No supe escapar a tiempo.
Me contó sus miserias al compás de un merengue.
Sacudió su pasado.
Ventiló sus trastornos sonriendo extasiada
(me miró fijamente, no bajó la mirada)
De repente un abrazo, un adiós y su espalda.
Quedé solo entre gente que veía asustada
un puñal, una herida
*************************y mi sangre escarlata.

domingo, 1 de julio de 2007

Piernas amarradas o la revelación


Te lo conté y no me creíste (en los ojos tiene miel y el color de la arena caliente) Pensaste que soy un boludo lamentable (su pelo rubio se mueve en cámara lenta y, a veces, descubre su nuca blanca, infinita) “Este pibe tiene que largar los libros y ponerla más seguido, pobre, se creé que las mujeres están para adornarlas con frasecitas”, pensaste (y cuando ríe se despiertan los girasoles, colisionan los árboles contra los coches, Lucifer busca refugio entre las sombras) “No papá, las minas son para coger y punto” (sin embargo, encuentro mil distracciones en su cuerpo, antes de su cuerpo. Dicotomías insondables: ¿mirarla o devorarla?; interrogantes inquietantes: ¿seguiré vivo?; latidos, vibraciones,¡ espasmos! Contornos que me guían hacia superficies suaves, contraídas. Caricias que me envuelven bajo noches casi amanecidas... ¡y el olor! como a pradera mojada por el rocío) Me aconsejaste que deje de decir pendejadas y me dedique a cosas de hombres. “Vamo’ a las putas negro, así vas a aprender cómo tratar a una mujer” (aunque tenga la impresión de que sus caderas se prenden fuego entre mis manos, y que sus gritos obligan a las azafatas a abrochar cinturones en el avión que sobrevuela nuestra cama) te cansaste, concluiste que soy un perro verde, que no tengo los pies en la tierra, (en eso coincido porque la verdad es que no sé donde tengo los pies o las manos o los ojos) mejor dejarme divagando (sospecho que mis pupilas están amarradas a sus piernas, y sus piernas, -para siempre- a mi alma) ¿Para qué perder el tiempo con un gil así?, y te fuiste a la cancha a vibrar por el trapo, que eso es lo que hacen los hombres carajo, y desde la ventanilla del auto le gritaste bolivianos a los hinchas contrarios, porque vos te la aguantas y ellos no, y gastaste medio sueldo en el caño de escape más escandaloso que había, para que las minitas sepan que acá viene un macho la puta madre.

Pero agazapada, latente, confundida con el sabor putrefacto que te dejó ese eructo de choripán, escondida en el estribillo del cantito de la hinchada “bolita”, dibujada en el humo que emana el caño de escape, encontraste una sospecha enclenque, lejana, irrisoria, que pronto se trasformó en una revelación insoportable.

Porque incluso vos, -macho cabrío y pelotudo si los hay- conseguiste intuir que esa criatura mágica que destiende mi cama no puede ser otra, únicamente ella.


Tu mismísima novia.

Otra noche de tormenta

El cielo cruje y súbitamente se desgarra: sangra (o dispara) gotas de agua que se revientan contra los techos de las casas. El cielo nos llama y nosotros, dormidos, lo soñamos. Efímeros y aterradores fulgores eléctricos surcan la noche y atraídos por el magma, colisionan con violencia sobre alguien, en alguna parte. De repente y sólo por un instante, un silencio imposible abraza al mundo. La calma se rompe con el incontenible rugido del Ángel negro, que desde su prisión de brazas estremece la tierra y hace llorar a los niños.


Mientras dure la tormenta, sospecharemos que sobre nuestras cabezas habitan sentimientos eternos e imprevisibles, que pertenecen a seres melancólicos, vetustos y heridos. En sus venas hierve la frustración por lo que no es y nunca será.
Por las noche nos vigilan mientras aguardan, impacientes, por el fin de nuestros días.

miércoles, 20 de junio de 2007

La negra que espera



Despierta bruscamente, asediada por el zumbido de un mosquito africano. Todavía es de noche. Está tendida boca arriba y a su lado, las sábanas heridas por el delirio están frías. Los recuerdos, como un cardumen, se arremolinan en su mente. Todo sucedió en un frenesí desesperado, casi animal, como si el mundo fuera a acabarse al salir el sol. Sonríe, pero algo interrumpe su pensamiento. Una advertencia crece en su interior como el redoble de un tambor lejano, proveniente de su infancia, que va aumentando hasta hacerse insoportable. Si su madre supiera lo que hizo, estallaría en cólera y (presa de una envidia inconfesable) la expulsaría de su hogar. Sería condenada por su familia a vagar sola, como una leona sin manada.
Ahoga una carcajada con la almohada y patalea. Se ríe de su madre, de su abuela y de esa tradición que convierte a las mujeres en entes sumisos y taciturnos. No le importa el castigo, ya nada puede dañarla: ni el hambre, ni el látigo, ni la arena hirviendo bajo los pies.
Se siente hermosa. Es hermosísima. Su piel aún huele a él; lo evoca, lo reclama. Cubre su cuerpo con la sabana rota y camina hacia la ventana, disfrutando cada movimiento, igual que una novia que se acerca al altar.
El amanecer avanza desde el mar hacia la tierra, bosquejando, devolviéndole el color a las cosas. Lentamente, el mundo aparece frente a sus ojos: todo está en el mismo lugar, pero todo es diferente hoy. Reconoce el pequeño puerto arrullado por la espuma de las olas. Ayer era sólo un puente de madera que unía la tierra con el mar. A partir de hoy, será la espera, la incontenible emoción, el encuentro.
Deja caer la sábana y recibe desnuda al nuevo día. Un puñado de gaviotas desgarra el cielo y la muchacha vuela con ellas durante algunos segundos. La brisa marina acaricia sus pechos suaves como dunas de arena blanca.
En el horizonte, el sol asoma su panza dorada y el mar estalla en mil azules distintos. Con una mano protege sus ojos del resplandor. Y entonces ve:
Una barca a la distancia. Dos diminutos remos.
Un pescador de salmones con un botín suculento,
que con sus brazos bruñidos saluda y apura el remo.
¡Viene cargada la barca de pasión y de sustento!
porque este hombre ha querido… y quiere seguir queriendo
a su negrita que espera,
mientras está amaneciendo.

viernes, 15 de junio de 2007

La guadaña (inexorable)

La guadaña inexorable
-como siempre, antes del alba-
de sus sueños despoblados
de sonrisas lo rescata;
devolviéndolo a la amarga
circunstancia de su cama
que hace meses duerme sola,
sepultándolo en escarcha.

El poeta envenenado

de infortunio se levanta
porque sabe que la muerte,
si hace frío no descansa.
Una mano temblorosa
coge pluma, espera y… calla!
Aguardando el torbellino
que vomita las palabras.

La blancura desquiciante
de la hoja lo acobarda,
-lo seduce, lo provoca-
anudando su garganta.
Doblegándose entre letras
el letrado se desangra.
De su herida brota tinta:
¡espumosa telaraña!

Vomitados colibríes
como pueden echan alas,
entre grises, miserables,
soliloquios de fantasmas.
Y los versos pintan mundos,
cielos paren, tangos bailan.

Besos tibios, cuerpos tibios,
¡imposibles madrugadas!

Dulces ojos milagrosos
-como soles- lo anonadan,
evocando aquella tarde
cuando mares destilaban.
El papel se vuelve hastío
y la pluma, negra lanza.
Las cenizas de sus sueños
¡pesan tanto a sus espaldas!

Y el poeta, enfurecido,
llora, grita, sufre, ¡mata!
lamentable escoria humana
destruyendo sus palabras.
Finalmente queda solo,
y de un golpe, la guadaña
corta miedo, frío, viento,
vida triste y telarañas.