
Despierta bruscamente, asediada por el zumbido de un mosquito africano. Todavía es de noche. Está tendida boca arriba y a su lado, las sábanas heridas por el delirio están frías. Los recuerdos, como un cardumen, se arremolinan en su mente. Todo sucedió en un frenesí desesperado, casi animal, como si el mundo fuera a acabarse al salir el sol. Sonríe, pero algo interrumpe su pensamiento. Una advertencia crece en su interior como el redoble de un tambor lejano, proveniente de su infancia, que va aumentando hasta hacerse insoportable. Si su madre supiera lo que hizo, estallaría en cólera y (presa de una envidia inconfesable) la expulsaría de su hogar. Sería condenada por su familia a vagar sola, como una leona sin manada.
Ahoga una carcajada con la almohada y patalea. Se ríe de su madre, de su abuela y de esa tradición que convierte a las mujeres en entes sumisos y taciturnos. No le importa el castigo, ya nada puede dañarla: ni el hambre, ni el látigo, ni la arena hirviendo bajo los pies.
Se siente hermosa. Es hermosísima. Su piel aún huele a él; lo evoca, lo reclama. Cubre su cuerpo con la sabana rota y camina hacia la ventana, disfrutando cada movimiento, igual que una novia que se acerca al altar.
El amanecer avanza desde el mar hacia la tierra, bosquejando, devolviéndole el color a las cosas. Lentamente, el mundo aparece frente a sus ojos: todo está en el mismo lugar, pero todo es diferente hoy. Reconoce el pequeño puerto arrullado por la espuma de las olas. Ayer era sólo un puente de madera que unía la tierra con el mar. A partir de hoy, será la espera, la incontenible emoción, el encuentro.
Deja caer la sábana y recibe desnuda al nuevo día. Un puñado de gaviotas desgarra el cielo y la muchacha vuela con ellas durante algunos segundos. La brisa marina acaricia sus pechos suaves como dunas de arena blanca.
En el horizonte, el sol asoma su panza dorada y el mar estalla en mil azules distintos. Con una mano protege sus ojos del resplandor. Y entonces ve:
Una barca a la distancia. Dos diminutos remos.
Un pescador de salmones con un botín suculento,
que con sus brazos bruñidos saluda y apura el remo.
¡Viene cargada la barca de pasión y de sustento!
porque este hombre ha querido… y quiere seguir queriendo
a su negrita que espera,
mientras está amaneciendo.
3 comentarios:
No sabés la alegría que me da que, de una vez por todas, te decidieras a subir tus escritos a la blogósfera. Te mando un abrazo grande...
Yo pude leer esta sensualidad vestida de texto...me produjo el mismo deleite cuatro meses después. Gracias por compartilo compañero (en este espacio, en hojas de papel, en charlas de bar o en donde sea)
Abrazo
Fran
Como les gusta hacerse querer a ustedes dos...
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