Aún no puedo comprender mi relación con aquel tormento remoto. Es absurdo que yo halla sido ese hombre. Quiero pensar que es sólo una alucinación, un ridículo sueño. Pero lo que él vio, lo que hizo, invariablemente lo revivo. Y entonces tengo la certeza de que no estoy soñando, sino más bien participando de un momento atroz.
Supongo que el recuerdo inmemorial del crimen se aferró para siempre a su ADN impío. En él fluyó perpetuándose en la historia hasta llegar a mi. Sus actos pesan en mi conciencia como la puerta rocosa de tu sepulcro.
En esas esporádicas pesadillas él soy yo, y mis manos sanguinarias hacen lo que él hizo. No se si eso es real o simplemente estoy loco. Por momentos consigo acallar los gritos y limpiar tu sangre de mi rostro, pero duermo intranquilo porque sé que las furiosas visiones regresarán como siempre, para desgarrarme alguna madrugada.
Las ráfagas de aire caliente anuncian una tormenta. El tronco tachado que se alza colosal exponiendo tu miseria es lo primero que reconozco. Me duele la mano derecha, me laceró la maza con la que te clavé al madero. El llanto insoportable de las mujeres me repugna. Vas a morir, y puedo oler tu miedo. Los azotes marcaron en tu cuerpo una llaga infinita. Te cuesta respirar, tus pulmones no pueden más. Dos despreciables ladrones te flanquean y con tus últimas fuerzas les prometes alguna fantasía de moribundo. Me río de vos, te escupo. Tus ojos me buscan y no hay odio en tu mirada, solo cansancio.
No puedo entender de donde sacas esa voz, si ya no tenés aire, pero todos te escuchan. Le pedís a tu Dios que me perdone. No que te salve, no que te evite sufrimiento, que me perdone porque no sé lo que estoy haciendo. Entonces quiero despertar, pero me agacho a buscar la lanza. Por favor, quiero despertarme, pero la empuño y te miro con desprecio. El cielo se oscurece. Dios mío, no quiero hacerlo, intento gritar tu nombre y suelto un rugido cargado de ira. Soy yo Jesús, no soy un asesino, y sin embargo te atravieso con ferocidad. Cierro los ojos y siento tu sangre caliente en mi cara.
Despierto horrorizado. Lo hice de nuevo.
Lo mismo que hago, quizá, cada vez que te olvido.




