domingo, 29 de julio de 2007

Esquirlas de un homicidio remoto

Hoy volví a pensar en tu muerte, después de tantas tardes, cuando creí por fin haberlo olvidado. Me estaba habituado a tu imagen de sombra legendaria, a tu rol de estampita inerte. Comenzaba a pensar que sólo fuiste un loco lindo sabés. Entonces recordé.
Aún no puedo comprender mi relación con aquel tormento remoto. Es absurdo que yo halla sido ese hombre. Quiero pensar que es sólo una alucinación, un ridículo sueño. Pero lo que él vio, lo que hizo, invariablemente lo revivo. Y entonces tengo la certeza de que no estoy soñando, sino más bien participando de un momento atroz.
Supongo que el recuerdo inmemorial del crimen se aferró para siempre a su ADN impío. En él fluyó perpetuándose en la historia hasta llegar a mi. Sus actos pesan en mi conciencia como la puerta rocosa de tu sepulcro.
En esas esporádicas pesadillas él soy yo, y mis manos sanguinarias hacen lo que él hizo. No se si eso es real o simplemente estoy loco. Por momentos consigo acallar los gritos y limpiar tu sangre de mi rostro, pero duermo intranquilo porque sé que las furiosas visiones regresarán como siempre, para desgarrarme alguna madrugada.
Las ráfagas de aire caliente anuncian una tormenta. El tronco tachado que se alza colosal exponiendo tu miseria es lo primero que reconozco. Me duele la mano derecha, me laceró la maza con la que te clavé al madero. El llanto insoportable de las mujeres me repugna. Vas a morir, y puedo oler tu miedo. Los azotes marcaron en tu cuerpo una llaga infinita. Te cuesta respirar, tus pulmones no pueden más. Dos despreciables ladrones te flanquean y con tus últimas fuerzas les prometes alguna fantasía de moribundo. Me río de vos, te escupo. Tus ojos me buscan y no hay odio en tu mirada, solo cansancio.



No puedo entender de donde sacas esa voz, si ya no tenés aire, pero todos te escuchan. Le pedís a tu Dios que me perdone. No que te salve, no que te evite sufrimiento, que me perdone porque no sé lo que estoy haciendo. Entonces quiero despertar, pero me agacho a buscar la lanza. Por favor, quiero despertarme, pero la empuño y te miro con desprecio. El cielo se oscurece. Dios mío, no quiero hacerlo, intento gritar tu nombre y suelto un rugido cargado de ira. Soy yo Jesús, no soy un asesino, y sin embargo te atravieso con ferocidad. Cierro los ojos y siento tu sangre caliente en mi cara.
Despierto horrorizado. Lo hice de nuevo.
Lo mismo que hago, quizá, cada vez que te olvido.


miércoles, 11 de julio de 2007

Ella bailaba


Ella bailaba como si el mundo fuera a desaparecer,
y el mundo desaparecía cuando ella bailaba.
Su cadera hipnotizaba a los desprevenidos
como la luna roja a los poetas.
No supe escapar a tiempo.
Me contó sus miserias al compás de un merengue.
Sacudió su pasado.
Ventiló sus trastornos sonriendo extasiada
(me miró fijamente, no bajó la mirada)
De repente un abrazo, un adiós y su espalda.
Quedé solo entre gente que veía asustada
un puñal, una herida
*************************y mi sangre escarlata.

domingo, 1 de julio de 2007

Piernas amarradas o la revelación


Te lo conté y no me creíste (en los ojos tiene miel y el color de la arena caliente) Pensaste que soy un boludo lamentable (su pelo rubio se mueve en cámara lenta y, a veces, descubre su nuca blanca, infinita) “Este pibe tiene que largar los libros y ponerla más seguido, pobre, se creé que las mujeres están para adornarlas con frasecitas”, pensaste (y cuando ríe se despiertan los girasoles, colisionan los árboles contra los coches, Lucifer busca refugio entre las sombras) “No papá, las minas son para coger y punto” (sin embargo, encuentro mil distracciones en su cuerpo, antes de su cuerpo. Dicotomías insondables: ¿mirarla o devorarla?; interrogantes inquietantes: ¿seguiré vivo?; latidos, vibraciones,¡ espasmos! Contornos que me guían hacia superficies suaves, contraídas. Caricias que me envuelven bajo noches casi amanecidas... ¡y el olor! como a pradera mojada por el rocío) Me aconsejaste que deje de decir pendejadas y me dedique a cosas de hombres. “Vamo’ a las putas negro, así vas a aprender cómo tratar a una mujer” (aunque tenga la impresión de que sus caderas se prenden fuego entre mis manos, y que sus gritos obligan a las azafatas a abrochar cinturones en el avión que sobrevuela nuestra cama) te cansaste, concluiste que soy un perro verde, que no tengo los pies en la tierra, (en eso coincido porque la verdad es que no sé donde tengo los pies o las manos o los ojos) mejor dejarme divagando (sospecho que mis pupilas están amarradas a sus piernas, y sus piernas, -para siempre- a mi alma) ¿Para qué perder el tiempo con un gil así?, y te fuiste a la cancha a vibrar por el trapo, que eso es lo que hacen los hombres carajo, y desde la ventanilla del auto le gritaste bolivianos a los hinchas contrarios, porque vos te la aguantas y ellos no, y gastaste medio sueldo en el caño de escape más escandaloso que había, para que las minitas sepan que acá viene un macho la puta madre.

Pero agazapada, latente, confundida con el sabor putrefacto que te dejó ese eructo de choripán, escondida en el estribillo del cantito de la hinchada “bolita”, dibujada en el humo que emana el caño de escape, encontraste una sospecha enclenque, lejana, irrisoria, que pronto se trasformó en una revelación insoportable.

Porque incluso vos, -macho cabrío y pelotudo si los hay- conseguiste intuir que esa criatura mágica que destiende mi cama no puede ser otra, únicamente ella.


Tu mismísima novia.

Otra noche de tormenta

El cielo cruje y súbitamente se desgarra: sangra (o dispara) gotas de agua que se revientan contra los techos de las casas. El cielo nos llama y nosotros, dormidos, lo soñamos. Efímeros y aterradores fulgores eléctricos surcan la noche y atraídos por el magma, colisionan con violencia sobre alguien, en alguna parte. De repente y sólo por un instante, un silencio imposible abraza al mundo. La calma se rompe con el incontenible rugido del Ángel negro, que desde su prisión de brazas estremece la tierra y hace llorar a los niños.


Mientras dure la tormenta, sospecharemos que sobre nuestras cabezas habitan sentimientos eternos e imprevisibles, que pertenecen a seres melancólicos, vetustos y heridos. En sus venas hierve la frustración por lo que no es y nunca será.
Por las noche nos vigilan mientras aguardan, impacientes, por el fin de nuestros días.

miércoles, 20 de junio de 2007

La negra que espera



Despierta bruscamente, asediada por el zumbido de un mosquito africano. Todavía es de noche. Está tendida boca arriba y a su lado, las sábanas heridas por el delirio están frías. Los recuerdos, como un cardumen, se arremolinan en su mente. Todo sucedió en un frenesí desesperado, casi animal, como si el mundo fuera a acabarse al salir el sol. Sonríe, pero algo interrumpe su pensamiento. Una advertencia crece en su interior como el redoble de un tambor lejano, proveniente de su infancia, que va aumentando hasta hacerse insoportable. Si su madre supiera lo que hizo, estallaría en cólera y (presa de una envidia inconfesable) la expulsaría de su hogar. Sería condenada por su familia a vagar sola, como una leona sin manada.
Ahoga una carcajada con la almohada y patalea. Se ríe de su madre, de su abuela y de esa tradición que convierte a las mujeres en entes sumisos y taciturnos. No le importa el castigo, ya nada puede dañarla: ni el hambre, ni el látigo, ni la arena hirviendo bajo los pies.
Se siente hermosa. Es hermosísima. Su piel aún huele a él; lo evoca, lo reclama. Cubre su cuerpo con la sabana rota y camina hacia la ventana, disfrutando cada movimiento, igual que una novia que se acerca al altar.
El amanecer avanza desde el mar hacia la tierra, bosquejando, devolviéndole el color a las cosas. Lentamente, el mundo aparece frente a sus ojos: todo está en el mismo lugar, pero todo es diferente hoy. Reconoce el pequeño puerto arrullado por la espuma de las olas. Ayer era sólo un puente de madera que unía la tierra con el mar. A partir de hoy, será la espera, la incontenible emoción, el encuentro.
Deja caer la sábana y recibe desnuda al nuevo día. Un puñado de gaviotas desgarra el cielo y la muchacha vuela con ellas durante algunos segundos. La brisa marina acaricia sus pechos suaves como dunas de arena blanca.
En el horizonte, el sol asoma su panza dorada y el mar estalla en mil azules distintos. Con una mano protege sus ojos del resplandor. Y entonces ve:
Una barca a la distancia. Dos diminutos remos.
Un pescador de salmones con un botín suculento,
que con sus brazos bruñidos saluda y apura el remo.
¡Viene cargada la barca de pasión y de sustento!
porque este hombre ha querido… y quiere seguir queriendo
a su negrita que espera,
mientras está amaneciendo.

viernes, 15 de junio de 2007

La guadaña (inexorable)

La guadaña inexorable
-como siempre, antes del alba-
de sus sueños despoblados
de sonrisas lo rescata;
devolviéndolo a la amarga
circunstancia de su cama
que hace meses duerme sola,
sepultándolo en escarcha.

El poeta envenenado

de infortunio se levanta
porque sabe que la muerte,
si hace frío no descansa.
Una mano temblorosa
coge pluma, espera y… calla!
Aguardando el torbellino
que vomita las palabras.

La blancura desquiciante
de la hoja lo acobarda,
-lo seduce, lo provoca-
anudando su garganta.
Doblegándose entre letras
el letrado se desangra.
De su herida brota tinta:
¡espumosa telaraña!

Vomitados colibríes
como pueden echan alas,
entre grises, miserables,
soliloquios de fantasmas.
Y los versos pintan mundos,
cielos paren, tangos bailan.

Besos tibios, cuerpos tibios,
¡imposibles madrugadas!

Dulces ojos milagrosos
-como soles- lo anonadan,
evocando aquella tarde
cuando mares destilaban.
El papel se vuelve hastío
y la pluma, negra lanza.
Las cenizas de sus sueños
¡pesan tanto a sus espaldas!

Y el poeta, enfurecido,
llora, grita, sufre, ¡mata!
lamentable escoria humana
destruyendo sus palabras.
Finalmente queda solo,
y de un golpe, la guadaña
corta miedo, frío, viento,
vida triste y telarañas.